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  La Cité

París a tus pies...

¿Te ha provocado alguna vez comerte una deliciosa crepe de nutella, contemplando las maravillas de la Torre Eiffel? O quizás eres de los que prefiere un restaurant de elaborada y exquisita gastronomía francesa. Tal vez tus deseos navegan a lo largo del Sena, o lo tuyo simplemente es el arte y los grandes museos... Si en algo se parece esto a tus sueños acompáñame a visitar la Ciudad de la Luz

París... Oh, París. Corazón palpitante de Europa que te envuelve y atrapa con sus paisajes de encuadres, sus monumentos de bocas abiertas, sus museos de libros de arte, sus platillos de ‘bon appétit’, callejuelas de ensueño y esquinas de beso francés. Una ciudad que tiene de todo, para todos los gustos.

Visitarla es como transportarse en el tiempo, para convertirnos en protagonistas de una película en medio de locaciones imponentes o de una de las pinturas de Toulouse-Lautrec.

Estés en el rincón de la ciudad donde estés, encontrarás edificios, puentes, paisajes que parecen haber sido puestos allí, esperando ser retratados. Por eso, si eres fanático de la fotografía, recuerda que una tarea obligada a la hora de empacar será llevar una buena cámara fotográfica y montones de rollos o memorias de alta capacidad. Créeme, ¡en París provoca tomarle foto a todo!

Desde el mismo momento en que te bajas del avión y llegas al Aeropuerto Charles de Gaulle te haces una idea de las maravillas que estás por conocer.

Y... voilá! De pronto, como todo un sueño hecho realidad, nos encontramos allí, en la Ciudad de la Luz, del Sena, los Campos Elíseos, Eiffel, Notre Dame y, sobre todo, de las crepes! Si te gusta el dulce tanto como a mí, te ruego no te vayas de allá sin saborear al menos una. ¡Te chuparás los dedos! Comprarla no será problema: a lo largo de todas las calles encontrarás muchísimos tarantines que las venden, aderezadas con los sabores de tu preferencia y por la módica suma de unos 3 euros aproximadamente -módica si la compara con los precios de muchas otras golosinas del lugar. Si te la comes a los pies de la Torre será un poco más costosa, pero tiene su encanto, especialmente si tienes la oportunidad de estar frente a ella alrededor de las cinco y media de la tarde en invierno (alrededor de las siete en verano) y contemplar justo el momento en que se ilumina y cientos de bombillitos empiezan a centellear como si fuera un gran árbol navideño. Algo realmente hermoso.

Pero la Torre Eiffel no basta sólo con verla de lejos: hay que subir a ella. Te recomiendo mentalizarte para la cola que seguramente tendrás que hacer y que, según la temporada, puede durar hasta 2 horas. Pero hazla, valdrá la pena. El costo del ticket es de 10,70 euros por persona, pero encontrarás opciones más baratas, si tu condición atlética te da como para subir unas empinadas y, sobre todo, extensas escaleras hasta la primera etapa, en lugar de tomar el ascensor.

En total serán tres estaciones hasta llegar a lo más alto de esta construcción de 324 metros, desde donde tendrás la más impresionante vista de la ciudad.

Allí encontrarás locales para comerte algo y para comprar algún souvenir, pero no te lo recomiendo: encontrarás piezas muy parecidas, por no decir las mismas, a precios mucho más solidarios en otras partes de la ciudad.

Saliendo de la Torre Eiffel puedes dar un paseo por los verdes jardines de Champ de Mars, los cuales desembocan en Les Invalides, un conjunto de edificios que comprende el Hotel Des Invalides, el Dome y la Iglesia de St Louis. Todos ellos, construcciones de gran valor histórico.

En ese momento te encontrarás muy cerca de uno de los más famosos museos de París y reconocido como uno de los más bellos de Europa: el Musée D’orsay. Está ubicado justo sobre la orilla izquierda del Sena y en la sede de una antigua estación de trenes, lo que lo dota de una gran belleza y originalidad.


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Cézanne, Manet, Renoir y Gauguin son sólo algunos de los grandes artistas de los que encontrarás obras en exhibición, pero te darás especial banquete con uno de mis favoritos: Van Gogh. Ver frente a ti el ‘Autorretrato’ y ‘La Habitación’ será, sencillamente, mágico.

El tiempo apremia y aún nos quedan miles de cosas por ver, así que al salir del museo vamos hacia el otro lado del Sena, a través del hermoso Pont Royal. Llegaremos así a las cercanías del famosísimo Museo Louvre, otra delicia para los amantes del arte.

Lo primero que llamará tu atención es el gran contraste entre una construcción de época, el Palacio, que hasta 1682 fuera la residencia de los reyes de Francia y la moderna pirámide de cristal concluida en 1989 por el arquitecto estadounidense de origen chino I.M. Pei. Ella constituye la nueva entrada al Museo y es parada obligada para una de las tantas fotos que tomaremos a lo largo de nuestro viaje.

Una vez dentro, no olvides recoger el mapa del sitio en el mostrador de la entrada. Recuerda que son cuatro plantas, repletas de antigüedades orientales, egipcias, griegas, pintura, esculturas, entre muchas otras obras, y esa guía te será de mucha utilidad para encontrar los clásicos que no puedes dejar de ver, como La Victoria de Samotrasia, la Venus de Milo y la magnífica Mona Lisa, de Leonardo Da Vinci.

Muy cerca del Museo encontrarás la Rue de Rivoli, calle de pequeñas tiendas, repletas de tazas, tacitas, tazotas, llaveros, franelas, postales, afiches, bolsos, gorritos y cualquier cantidad de objetos que puedas imaginar, y que tendrán una frase en común: recuerdo de París. Aprovecha entonces. Es el sitio donde encontrarás la mayor variedad y a los menores costos.

Si continúas caminando llegarás a la Place de la Concorde, recordada por haber sido el emplazamiento de la guillotina que, en épocas de la Revolución, acabó con la vida del Rey Luis XVI y la Reina María Antonieta, entre muchos otros. Desde allí divisarás la hermosa vía de los Champs Elysées, desembocando en el majestuoso Arco del Triunfo. Este recorrido será el de las grandes tiendas y afamadas marcas internacionales, aderezado por costosos restaurantes.

Si tus pies están frescos y como nuevos, ¡adelante! Podemos seguir caminando para absorber toda esa belleza que desprende la ciudad. Sino, quizás sea hora de tomar el metro: un sistema que, a juzgar por el pequeño mapa que tomamos en las taquillas de cualquier estación, luce como una completa maraña de miles de líneas de colores que a primera vista nos asusta ver, pero que luego agradecemos al descubrir cómo con sólo cambiar de un vagón a otro y haciendo los enlaces necesarios, podemos llegar de punta a punta de la ciudad en cuestión de minutos.

Así que nos adentramos en la aventura de este viejo pero funcional metro, en donde puedes encontrar desde vendedores ambulantes, hasta fruteros y una mini orquesta interpretando repertorios clásicos, y nos bajamos en la estación de Notre Dame, en la pequeña isla de La Cité, para apreciar la famosa Catedral inspiración de la inmortal novela de Victor Hugo ‘Notre Dame de París’ y hogar del noble jorobado Cuasimodo.

Cruzando hacia la rivera derecha del Sena y paseando por el Boulevard Bourdon llegaremos a la Place de la Bastille, con su imponente columna de Juillet, junto a la cual se encuentra la moderna Opera Bastille, construida con fachada de cristal curvo, realmente llamativa.

Un poco más apartada se encuentra la blanca y hermosa Basílica Sacré Coeur, situada en lo alto de la colina Montmartre, que tampoco puedes dejar de visitar. Para llegar te recomiendo utilizar nuevamente el metro, pues hay una estación muy cerca. Unas largas escalinatas te llevarán a ella, y así podrás apreciar sus llamativas cúpulas y el campanario que sostiene la ‘Savoyarde’, famosa campana de 19 toneladas y una de las más grandes del mundo.

Para completar este tour podemos dirigirnos hacia la parte más moderna de la ciudad y visitar el complejo urbanístico de La Défense. Allí veremos La Grande Arche, estructura de 105 metros de altura, revestida de cristal y mármol de Carrara, en medio de la cual destaca una obra metálica abstracta, llamada ‘Nube’.

Visitando todos estos lugares habremos conocido una París universal, de historia, de arte, de recuerdos. Pero la ciudad da para mucho más. Nos queda la París de noche, la que vibra, la de pequeños bares y vino Beaujolais nouveau. La de gente joven, música y Hotel Costes. La de los románticos paseos en barco a lo largo de Sena y besos de pasión...

Cada quien vivirá París a su estilo, pero París siempre dejará una huella indeleble en nosotros. Como reza la inolvidable frase de amor entre Ilsa y Rick en la película ‘Casablanca’, “...Siempre nos quedará París”.

Terra / María Masini




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