Leopoldo López, Henrique Capriles y Pablo Pérez
Foto: EFE
El ganador, Henrique Capriles Radonski, será la más visible representante de la oposición a partir de ahora y hasta las elecciones del 7 de octubre.
Y aunque nada garantiza que Capriles logre ganarle a Chávez esos comicios, altera la dinámica política que ha manejado a su antojo hasta ahora el presidente.
Cambio de dinámica
Ahora es que empieza de verdad la campaña y Chávez es un fabuloso contrincante que, además, cuenta con las ventajas que siempre -en todo país y en todo sistema- tiene el que aspira a la reelección.
Electoralmente nadie ha podido hacerle sombra al mandatario, cuya alta popularidad es un fenómeno digno de estudio que desafía el axioma del desgaste que se supone que produce el poder.
Pero los contrincantes de las pasadas dos elecciones (2000 y 2006) habían sido figuras escogidas por los dirigentes de los residuos de aquellos partidos tradicionales, figuras que no despertaron emoción.
Buena parte votaba por ellos simplemente porque "no eran Chávez", y esa no parece ser una razón suficiente para elegir un presidente.
Capriles empieza la campaña electoral con la legitimidad de ser el preferido por la mayoría de los casi 3 millones de opositores que acudieron a unas inéditas primarias, lo que, aunque no es un piso suficiente para el triunfo, es una buena base a partir de la cual construir su propuesta.
Ni Capriles, ni los demás precandidatos son retoños de los partidos políticos tradicionales a los que el chavismo sacó del poder.
El que llegó de segundo, el gobernador Pablo Pérez, sí contó con el apoyo de esas viejas maquinarias y quizá allí puedan hallarse algunas explicaciones de su derrota.
Pero en su mayoría se trata de nuevas caras, de nuevas organizaciones, incluso figuras independientes, como el caso de la diputada María Corina Machado.
Un detalle generacional crucial que ayuda a los opositores a inocularse contra el discurso anti-pasado que le ha dado tantos réditos al mandatario.
Cambios generacionales
La llamada Revolución Bolivariana encarna las aspiraciones de cambio, de justicia y, en algunos casos, de revancha de muchos desencantados y frustrados con las cuatro décadas previas de hegemonía del socialdemócrata Acción Democrática y el democristiano Copei.
Pero Capriles tiene 39 años y, sólo por eso, el presidente podría tener más difícil adosarle la etiqueta del pasado con la que ha neutralizado a cuanto oponente le ha salido al paso.
Capriles empezó su activismo político en Copei, pero dejó la organización con un grupo de jóvenes figuras para formar Primero Justicia, al que algunos consideran como herederos ideológicos de los demócratas cristianos.
Pero durante su campaña, el ahora candidato unitario discursivamente se ha colocado en el centro con la clara estrategia de evitar la etiqueta de "derechista" que buscará ponerle el presidente.
Su estilo busca atraer al llamado voto blando del chavismo y a los independientes que en la polarizada política venezolana siempre han terminado favoreciendo al presidente.
El programa necesario
El otro señalamiento que siempre se hace desde el chavismo es que los que se oponen al presidente no tienen un proyecto de país que se contraponga a la revolución socialista bolivariana.
La labor de la Mesa de la Unidad Democrática será convencer a la mayoría que si tienen un plan de gobierno y que sobre todo eso no implica desmontar los programas sociales que se han instaurado en la era chavista.
Verle "una cara" a la oposición era una inquietud de quienes al no vivir la cotidianidad venezolana desconocían los detalles del trabajo opositor.
Para los votantes venezolanos no se trata sólo de ver nuevas caras, sino de ver programas convincentes.

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