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Lo único que los separa es una pared. Nueva, hecha de concreto, de 150 metros de largo y 2,2 metros de alto. Al otro lado del muro se alzan las casuchas de barro donde muchos gitanos viven aquí en Ostrovany, en el este de Eslovaquia.
"Realmente no me molestan", comenta Viera. "De hecho, los toleramos muy bien, considerando que construyeron sus casas en un terreno que no les pertenece".
"Pero tengo una regla en nuestra relación con ellos: no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti".
Ella está hablando de los robos de frutas, vegetales e incluso de las cercas de metales de sus jardines, que Viera y otros culpan a los gitanos.
La mujer explica que sucedía durante años hasta que el gobierno local respondió a sus quejas gastando casi US$17.700 en la construcción del muro.
Chozas de barro
Como una estructura que mantiene a una minoría alejada de una mayoría, han surgido paralelismos con un muro que se construyó antes entre gitanos y no gitanos en la localidad checa de Usti nad Labem, e incluso con el Muro de Berlín y de Israel.
Pero la novedad en Ostrovany es que los gitanos representan la mayoría; exactamente dos tercios de la población.
En la calle principal, una tropa de niños roma, acompañados por sus profesores, caminan después de clase cantando y bromeando. "¡Dobry den!", exclaman en coro. "¡Buenos días!"
"El muro no segrega a los gitanos, tampoco limita su acceso a las principales calles o servicios", explica Cyril Revak, alcalde de Ostrovany.
Revak responde con cautela, cansado de la cantidad de periodistas que han tocado a su puerta este invierno, Pero suaviza un poco su discurso en la medida que avanza nuestra conversación.
"La única crítica que estoy dispuesto a aceptar es que se usó dinero público para proteger la propiedad privada. Pero el dinero público también se ha usado para ayudar a los gitanos. Ayudamos a unos un día y a otros el siguiente".
En el gueto gitano, la casucha de Petr Kaleja es la más cercana al muro.
"Sencillamente nos despertamos un día y vimos cómo lo construían", refunfuña. "¿Por qué no usaron ese dinero para construirnos un hogar decente?"
Desde afuera, su casa parece una exhibición de un museo sobre historia rural. Los palos de madera se sostienen con una mezcla de barro, sin puerta o ventanas y sólo una tela en la entrada.
Dentro vive con su joven esposa y su hija, donde gotas de nieve derretida caen constantemente del techo a un recipiente mugriento.
Tienen un televisor antiguo -"¡que funciona!", comenta sonriendo- una bombilla oscilante y una estufa de leña en una esquina que emite algo de calor.
BBCMundo
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