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La aburrición de vivir el fin del mundo

Cuando uno ve películas estilo 'Epidemia', '28 días' o 'Yo soy leyenda', queda convencido de que en el caso de una epidemia hay mucha acción. Gente corriendo por todas partes. Una que otra persecución. Caos en las calles. Tanques de guerra en las autopistas. Y supongo que es cierto para los médicos, científicos y políticos, pero para uno… no hay acción.

 
La aburrición de vivir el fin del mundo
Foto: Reuters

 
 
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Si uno no es el protagonista de la película, no hay nada que hacer en el caso de una epidemia. Nada excepto sentarse y esperar. Y esperar. Y leer noticias y preocuparse por lo que se leyó en las noticias. Y esperar un poco más. Y si el fin del mundo llega mañana, yo estaré tan aburrida que me parecerá un buen plan.

Eso es lo que hacen cuatro días de encierro. A hoy he visto ocho películas, cuatro capítulos de ‘Dr. House’ y un tercio de la quinta temporada de ‘Gilmore Girls’. Y he pasado horas infinitas en Facebook, Twitter y Flickr. He evadido las telenovelas mexicanas, pero debo aceptar que anoche me encontré a mí misma viendo televentas mexicanas, que son mucho peores.

Pero, ¿qué más puedo hacer? La universidad donde hago mi maestría cerró hasta el 6 de mayo (o nueva fecha), al igual que el resto del sistema educativo. Es decir, desde pre-escolar, hasta las universidades, nadie está estudiando. Millones de niños están igual de aburridos que yo. Si no me diera tanto miedo salir a la calle, compraría un Xbox o cualquier consola de juegos para entretenerme. Pero esa no es una opción.

No hay razones para salir

El Gobierno recomienda de la manera más enfática posible que no salgamos a la calle. Y las razones para hacerlo cada día se reducen más. No hay cines, teatros, conciertos, partidos de fútbol. La gran mayoría de los restaurantes y bares cerraron. Ni siquiera hay misas y eso es mucho decir en el país de la Virgen de Guadalupe. Algunos curas se resistieron e hicieron ceremonias al aire libre, pero le pidieron a la gente no tocarse en ningún momento.

Ante la gravedad de la situación, la Arquidiócesis informó que está evaluando la posibilidad de cancelar la realización de las bodas programadas para las siguientes semanas. Entonces ni siquiera puedo escaparme y casarme con mi novio imaginario. Aunque ahora que lo pienso, no sé si me guste la idea de usar tapabocas y vestido de novia al mismo tiempo.

Yo hago mercado cada quince días y por juicioso cumplimiento de la ley de Murphy, estoy en el día 15. Lo que significa que mi nevera está casi vacía. Pero yo no tengo carro y la idea de usar transporte público me aterra. Así que decido ir a la tienda de la esquina a comprar cosas básicas como agua, pan y leche.

Aprovecho y paso por el puesto de películas piratas donde el dueño está feliz porque ha vendido en tres días lo que vende en un mes. Le quedan pocas películas y afirma emocionado que espera que la epidemia dure mucho, mucho tiempo. Yo le digo que me alegro de que alguien se esté beneficiando con el tema y vuelvo rápido a mi casa.

Es muy extraño salir a la calle y ver gente con tapabocas por todas partes. Como si todos se hubieran vuelto cirujanos de repente. Yo, que por supuesto no tengo tapabocas, salgo con una bufanda amarrada a la cara. No me importan los 28 grados de temperatura que están haciendo, prefiero el calor a la influenza.

Y mientras estoy guardando el “mercado” que acabo de hacer, me siento mareada. Tras un instante entiendo que no estoy mareada. Estoy temblando. Ahora sí es el fin del mundo. Y si no es el apocalipsis, es que estamos muy de malas, porque tener epidemia de influenza porcina y temblor de 5.7 grados, el mismo día, sí es mucha gracia.

Alternativas virtuales

Pronto el Messenger y Facebook se llenan de humor negro y paranoia, una amiga pregunta que a qué horas llegarán las langostas y otro afirma que las profecías mayas se están cumpliendo. Uno más informa que se va al supermercado a comprar comida antes de que se acabe.

Yo me dedico a calmar por teléfono a mi mamá, a asegurarle que estoy mejor en mi casa que en un aeropuerto infestado de gente. Y entre llamada y llamada leo las noticias. Y hablo con mis amigos que están igual, sin otro plan distinto a esperar. Y encuentro que muchas de las personas que conozco en México desconfían profundamente de todo lo que dice el Gobierno. Esto no me sorprende demasiado: 70 años de dictadura del PRI han logrado que la gente no le crea al llamado ‘establishment’.

Reviso los blogs, los comentarios de los usuarios en los distintos medios y las redes sociales, y veo dos tendencias. Por un lado están los que creen que la situación es infinitamente más grave de lo que están diciendo, que son miles y miles de muertos los que caen como moscas por la influenza y que esto va a llegar a todos los países del mundo, reduciendo la población a unos cuantos millones, en unos pocos meses. Y por el otro, los que creen que no pasa nada, que todo es histeria colectiva, intereses políticos pre-electorales y deciden irse a tomar cerveza a uno de los pocos bares abiertos de la ciudad.

Yo, que me considero una persona paranoica, creo estar en la mitad. No creo que sea el fin del mundo ni de la humanidad. Tampoco creo que todo sea mentira aunque debo aceptar que me parece muy extraño no haber visto entrevistas con enfermos en ningún medio. No sé si el Gobierno está mintiendo y no voy a salir a la calle a ver si me encuentro con algún estornudo.

Me quedaré en mi casa donde, aunque me aburro, me siento segura. Seguiré viendo películas, limpiando (ya puedo ver mi reflejo en el piso de la sala), organizaré el closet por segunda vez en la semana (estamos a martes), continuaré calmando a mi mamá por teléfono y prometiéndole que a la primera langosta que se me aparezca, me voy derechito para Colombia, así allá ya hayan declarado situación de desastre sin que se haya confirmado al menos un caso de la dichosa influenza.

La internauta Lina Obregón Urdaneta, de Colombia, participó en Tú Reportero, canal de periodismo participativo de Terra. Si tú también quieres enviar fotos, textos o videos, haz clic aquí.

 





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